Estar cerca cuando el tiempo va más despacio
Guadalupe Merlo, psicóloga del Centro Médico Deportivo Al-Ándalus, reflexiona sobre la importancia de acompañar sin prisa a quienes atraviesan momentos de dolor y pérdida

El tiempo no se comporta siempre de la misma manera. A veces avanza lentamente; otras pierden su continuidad y se acomoda, de forma silenciosa, a lo que cada uno puede sentir. No se detiene del todo, pero pierde su ritmo. Se espesa. Algo ocurre —una pérdida, una experiencia que desborda— y, desde entonces, los días ya no se suceden de la misma manera.
Estar cerca de alguien en ese tiempo irregular no es sencillo. El impulso de ayudar convive con la sensación de no saber qué hacer, qué decir, cómo no estorbar. Esa incomodidad no es un error: es el reflejo de encontrarse ante algo que no admite soluciones rápidas ni palabras que ordenen lo que aún no puede ser dicho.
No todo lo vivido se transforma en relato. Hay experiencias que quedan suspendidas, sin forma, como una huella que todavía no encuentra lenguaje. Con el tiempo, algunas logran alojarse en la memoria; otras permanecen abiertas, sin llegar a cerrarse nunca. Aun así, la vida continúa, apoyándose en gestos mínimos: preparar un café, caminar juntos un tramo corto, compartir un silencio que no necesita explicación.
Acompañar es aprender a respetar esos ritmos. No hay plazos ni trayectorias previsibles. Hay avances casi imperceptibles, retrocesos, pausas largas. A veces, una aparente quietud que desde fuera puede confundirse con estancamiento, pero que por dentro es trabajo silencioso. Apresurar, incluso cuando nace del afecto, puede convertirse en una carga más. Estar disponibles suele cuidar más que insistir.
La ausencia no se desvanece. El vínculo con quien ya no está cambia de lugar, pero no desaparece. Se manifiesta en recuerdos que regresan sin aviso, en palabras que se repiten, en gestos heredados. Acompañar también es aceptar esa presencia discreta, sin intentar corregirla ni sustituirla. No hay una forma correcta de recordar ni una única manera de seguir viviendo.
Estar cerca no exige respuestas. No requiere comprenderlo todo. A veces basta con sostener una escucha sin prisa, un silencio que no incomode, una presencia que no demande nada a cambio. Reconocer que no todo necesita ser explicado para ser compartido puede ser uno de los gestos más hondos de cuidado.
Este texto no busca cerrar heridas ni ofrecer consuelo. Apenas quiere señalar algo sencillo: incluso cuando el tiempo se desarma y la vida parece avanzar de un modo incierto, el cuidado compartido puede volver el camino menos solitario. Estar —solo estar— sigue siendo una de las formas más profundas de acompañar.
Para quienes seguís caminando
Hay acontecimientos que no terminan cuando los hechos concluyen. Se quedan, transformados, infiltrados en lo cotidiano. Modifican la forma de mirar, de habitar el mundo, de pensaros en él.
Para algunos de vosotros, el tiempo se fragmenta. Para otros, se vuelve denso alrededor de un vacío que no se llena. Ese espacio no necesita ser ocupado. Puede existir así, como una marca de lo que fue importante.
Muchas veces las palabras no alcanzan. El cuerpo habla primero: el cansancio que no cede, el sobresalto inesperado, la emoción que irrumpe sin aviso. No es debilidad ni desorden. Es una respuesta humana ante aquello que llegó sin ser esperado y dejó una huella profunda.
El duelo no es un camino recto. Hay días en los que respiráis un poco mejor y otros en los que todo vuelve a pesar. El amor no se extingue con la pérdida: cambia de forma. Se vuelve memoria, gesto, presencia silenciosa. Cada vínculo encuentra su modo singular de permanecer.
Después de una experiencia que quiebra lo conocido, puede aparecer una pregunta difícil: por qué sigues aquí. No siempre necesita respuesta. A veces basta con permitir que exista, sin culpa, sin urgencia por resolverla.
El silencio que acompaña este tiempo no es necesariamente vacío. Puede ser refugio, una pausa necesaria. Y si las palabras llegan —cuando llegan— necesitan un espacio donde no sean apresuradas ni juzgadas. Escuchar sin exigir explicaciones es también una forma de cuidado.
Nada de esto se deja atrás como si pudiera cerrarse. Lo ocurrido sigue ahí, incluso cuando todavía no puede pensarse ni decirse. El dolor no desaparece, pero puede dejar de ocupar cada instante. La ausencia no se reemplaza, pero puede encontrar un lugar donde no duela todo el tiempo. La vida no vuelve a ser la misma, aunque, aun sin saber cómo, permanece.
Este texto no pretende explicar ni consolar. Solo decir algo sencillo y verdadero: lo que sientes tiene sentido. Tu dolor tiene lugar. Y no estás solo. Incluso en medio de lo irreparable, la presencia del otro, la palabra compartida y el cuidado mutuo pueden ofrecer un sostén para seguir, un día más, habitando el mundo.
Guadalupe Merlo – Doctoralia.es