
Soledad no deseada: no tiene edad y no siempre se ve
Cuando pensamos en la soledad no deseada, es frecuente que la asociemos a las personas mayores. Sin embargo, esta experiencia no tiene una edad determinada y puede aparecer en diferentes momentos de la vida.
Puede afectar a una persona joven que estudia y trabaja al mismo tiempo, a alguien que se ha trasladado a otra ciudad, a una persona que acaba de terminar una relación de pareja o a un adulto de mediana edad que, después de una separación o un divorcio, descubre que también han cambiado sus amistades, sus rutinas y su forma de relacionarse.
La soledad no deseada es una experiencia compleja y, precisamente por eso, no siempre resulta visible desde fuera.
¿Qué entendemos por soledad no deseada?
No es lo mismo estar solo que sentirse solo.
Una persona puede disfrutar de pasar tiempo consigo misma, necesitar espacios de intimidad y sentirse perfectamente bien con una vida social reducida. En ese caso, estar solo no constituye necesariamente un problema.
Hablamos de soledad no deseada cuando existe una discrepancia entre las relaciones sociales que una persona tiene y las que desea o necesita, y esa situación genera malestar.
Por eso, la soledad no deseada tiene una dimensión fundamentalmente subjetiva: depende de cómo experimentamos nuestras relaciones y nuestro grado de conexión con los demás.
Pero también existe una dimensión más objetiva que no podemos ignorar.
Una persona puede disponer de pocas oportunidades reales de interacción, tener una red social muy reducida o pasar largos periodos sin relacionarse con otras personas. A esto podemos referirnos como aislamiento o escasez de relaciones sociales.
Ambas dimensiones pueden coincidir, pero no necesariamente.
Una persona puede tener pocos contactos y no experimentar soledad no deseada. Y otra puede estar rodeada de personas, tener pareja, compañeros de trabajo y numerosos contactos digitales y, sin embargo, sentirse profundamente sola.
Por eso, comprender la soledad no deseada requiere preguntarnos no solo con cuántas personas nos relacionamos, sino también cómo son esos vínculos y cómo nos sentimos dentro de ellos.
Cuando estudiar y trabajar deja poco espacio para relacionarse
Hay una situación que puede pasar especialmente desapercibida entre los jóvenes: la de quienes estudian y trabajan para poder costearse sus propios estudios.
Imaginemos una persona que tiene clases durante el día, trabaja varias tardes, necesita desplazarse y, cuando llega a casa, todavía tiene que estudiar.
Quizá quiera tener amigos.
Quizá quiera conocer gente.
Quizá incluso eche mucho de menos tener una vida social.
Pero ¿cuándo puede construirla?
Las relaciones necesitan tiempo. Necesitan conversaciones sin prisa, planes compartidos, encuentros repetidos, cierta espontaneidad y disponibilidad emocional.
Por eso, no siempre podemos interpretar la soledad no deseada como un problema individual o como una falta de habilidades sociales. En ocasiones, las propias circunstancias de vida reducen las oportunidades disponibles para establecer y mantener vínculos.
Y esto es importante: decirle a alguien que experimenta soledad no deseada que “salga más” puede resultar poco útil si esa persona ya tiene una agenda saturada y apenas dispone de tiempo o energía.
A veces, antes de preguntarnos “¿por qué no se relaciona?”, deberíamos preguntarnos:
“¿Qué oportunidades reales tiene esta persona para hacerlo?”
La soledad no deseada también puede aparecer después de una separación
En la edad adulta, una separación o un divorcio puede producir cambios importantes que van mucho más allá del final de la relación de pareja.
Cambian las rutinas, los fines de semana, los planes, los espacios compartidos y, en algunos casos, incluso las amistades.
Hay personas que descubren entonces que buena parte de su vida social estaba vinculada a la pareja.
Y aparece una situación paradójica: pueden seguir teniendo familia, compañeros de trabajo, amigos o conocidos y, aun así, experimentar una intensa soledad no deseada.
La ruptura puede dejar un vacío que no se soluciona simplemente encontrando otra pareja. En ocasiones, es necesario reconstruir una vida cotidiana propia y recuperar, fortalecer o crear vínculos que no dependan exclusivamente de una relación de pareja.
Cuando el miedo a estar solo puede influir en nuestras relaciones
La soledad no deseada también puede influir en la manera en que vivimos nuestras relaciones.
Cuando una persona lleva tiempo sintiéndose sola, encontrar una relación puede proporcionar un alivio muy importante. Y es comprensible: necesitamos conexión, afecto, intimidad y pertenencia.
El problema puede aparecer cuando el miedo a volver a experimentar soledad no deseada empieza a pesar más que el bienestar que proporciona la propia relación.
Entonces puede resultar más difícil preguntarse:
“¿Esta relación me hace bien?”
y más fácil pensar:
“Al menos tengo a alguien.”
Esto no significa que experimentar soledad no deseada lleve necesariamente a aceptar relaciones perjudiciales. Pero cuando nuestra red social es muy reducida, una única relación puede adquirir un peso desproporcionado.
Por eso, ampliar nuestra red social también puede ayudarnos a elegir nuestras relaciones con mayor libertad.
Tener amistades, familiares, compañeros, actividades y otros vínculos significativos permite que nuestras necesidades de conexión no recaigan exclusivamente sobre una persona.
¿Qué podemos hacer frente a la soledad no deseada?
La respuesta no consiste simplemente en aprender a estar solos.
Aprender a disfrutar de momentos de soledad puede ser saludable. Todos necesitamos espacios propios y no estar acompañados en todo momento no constituye un problema.
Pero cuando hablamos de soledad no deseada, decirle a una persona que tiene que aprender a estar sola puede quedarse corto.
Quizá no quiera estar sola.
Quizá necesite más conexión.
Y quizá el problema no sea que no sepa disfrutar de su propia compañía, sino que lleva demasiado tiempo sin encontrar oportunidades para construir relaciones significativas.
Por eso, hacer frente a la soledad no deseada requiere atender tanto a cómo nos sentimos como a las oportunidades reales que tenemos para relacionarnos.
1- Comprender qué está ocurriendo
Podemos empezar preguntándonos:
- ¿Tengo pocas oportunidades reales para relacionarme?
- ¿Tengo personas a mi alrededor, pero echo de menos vínculos más profundos?
- ¿Estoy dedicando prácticamente todo mi tiempo al trabajo o a los estudios?
- ¿He perdido parte de mi red social después de una ruptura o un cambio vital?
- ¿Estoy evitando situaciones sociales por miedo al rechazo, inseguridad o
cansancio? - ¿Estoy depositando prácticamente todas mis necesidades emocionales en una
única relación?
Responder a estas preguntas ayuda a identificar qué está contribuyendo a mantener la
situación y, por tanto, qué necesitamos cambiar.
2. Generar oportunidades para ampliar nuestra red social
Nuestra red social no es completamente estática.
También se construye.
Cuando somos niños o adolescentes, conocer personas nuevas forma parte de nuestra vida cotidiana: colegio, instituto, universidad, actividades extraescolares…
En la edad adulta, estas oportunidades disminuyen. Por eso, muchas veces necesitamos generarlas deliberadamente.
Puede ser una actividad deportiva, cultural o artística, un curso, una asociación, voluntariado, un grupo relacionado con una afición, una actividad comunitaria o recuperar el contacto con personas con las que hemos perdido relación.
No se trata de obligarnos a hacer amigos inmediatamente. Se trata de crear contextos en los que sea posible coincidir con otras personas de manera frecuente.
Las relaciones significativas suelen necesitar tiempo. Coincidir, compartir experiencias, conversar y descubrir intereses comunes permite que, poco a poco, pueda aparecer un vínculo.
3. Hacerlo de una manera realista
Esto es especialmente importante cuando tenemos poco tiempo.
Para una persona que estudia y trabaja, la solución no puede consistir en añadir muchas actividades a una agenda que ya está saturada.
Puede ser más útil preguntarse:
“¿Qué pequeño espacio puedo reservar de forma sostenible para favorecer la conexión con otras personas?”
Puede ser una hora semanal. Recuperar una actividad que antes disfrutábamos. Comer algún día con un compañero. Retomar el contacto con un amigo. Aceptar ocasionalmente un plan aunque no sea nuestra opción más cómoda.
No se trata de conseguir resultados inmediatos.
Se trata de generar oportunidades.
4. Cuidar la calidad de nuestros vínculos
Ampliar nuestra red social tampoco significa acumular contactos.
La cuestión es poder construir relaciones en las que exista reciprocidad, confianza, apoyo y posibilidad de mostrarnos como somos.
Por eso, además de preguntarnos “¿con cuántas personas me relaciono?”, puede ser útil preguntarnos:
“¿Con quién puedo ser yo mismo?”
“¿A quién puedo acudir cuando necesito apoyo?”
“¿Con quién puedo compartir algo importante?”
La calidad de nuestros vínculos importa tanto como su cantidad.
Y si la soledad no deseada se mantiene en el tiempo…
Experimentar soledad no deseada durante un periodo prolongado puede afectar al bienestar emocional y relacionarse con diferentes indicadores de salud. Por eso, si esta situación se mantiene, genera un malestar importante o empieza a afectar a nuestra autoestima, estado de ánimo, relaciones o funcionamiento cotidiano, puede ser conveniente consultar con un profesional.
En terapia psicológica podemos explorar qué está contribuyendo a mantener esa situación: circunstancias vitales, aislamiento, dificultades para iniciar o mantener relaciones, miedo al rechazo, inseguridad, experiencias de pérdida, dificultades para poner límites o patrones de relación que no están resultando satisfactorios.
El objetivo no tiene por qué ser simplemente “dejar de sentirse solo”.
Puede consistir en algo más amplio:
comprender qué necesitamos → crear oportunidades de conexión → ampliar y cuidar nuestra red → construir vínculos significativos → aprender también a elegir relaciones que contribuyan a nuestro bienestar.
La soledad no deseada no tiene edad
Quizá deberíamos dejar de imaginarla únicamente como una persona mayor que vive sola.
También puede ser una estudiante que trabaja tantas horas para poder pagarse sus estudios que apenas tiene tiempo o energía para relacionarse.
Puede ser alguien que se ha mudado a una ciudad nueva y todavía no ha conseguido construir una red.
Puede ser una persona que acaba de divorciarse y siente que su vida social se ha quedado vacía.
Puede ser alguien que está rodeado de personas, pero no siente que tenga con quién compartir aquello que realmente le importa.
La soledad no deseada no consiste simplemente en estar sin gente. Es experimentar una falta de conexión que no queremos y que nos genera malestar.
Y hacerle frente no significa llenar nuestra vida de personas.
Significa crear espacio para la conexión, generar oportunidades para construir vínculos y aprender a cuidar y elegir aquellas relaciones que realmente contribuyen a nuestro bienestar.
Porque nuestras relaciones también forman parte de nuestra salud mental.
PREGUNTAS FAQ
Si convives con una persona en esta situación y necesitas apoyo psicológico, conoce el servicio de psicología de Clínica Al-Ándalus.
